"Palabra de Vida"

Biblioteca Bíblica en Línea

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"Cristo es el Camino, la Verdad
 y la Vida".

Estudios, Mensajes, Pensamientos y Reflexiones sobre la Palabra de Dios. 

"Hacia la Salvación de Toda la Humanidad". 

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Néstor Martínez

 Julio de 2007

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[01]

«Ya que has guardado mi mandato de ser constante, yo por mi parte te guardaré de la hora de tentación, que vendrá sobre el mundo entero para poner a prueba a los que viven en la tierra.» (Apocalipsis 3:10)

¡Que tremenda es la Palabra de Dios cuando se la lee con sed y hambre de conocimiento y no con ambiciones de estudios sistemáticos! De ella descubrimos, aquí, si deseamos hacerlo, que las tentaciones son permitidas por Dios para que Satanás pueda desplegarlas sobre el mundo, con la finalidad de poner a prueba a los que viven en la tierra. ¿En el planeta Tierra? Sí, pero en la tierra como tipología de carnalidad, también. Sólo sobre los carnales tienen éxito las tentaciones. Porque con los que viven por el Espíritu no pueden triunfar de ninguna manera, porque es a ellos a los que Dios guardará en la hora de esa tentación. Y podrá hacerlo porque están en un mismo espíritu que Él. ¡Nada menos! ¿Y cual es la condición? Una sola: ser constantes con los mandatos y guardarlos indefinidamente.

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[02]

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[03]

«¿Entonces quién eres? ¡Tenemos que llevar una respuesta a los que nos enviaron! ¿Cómo te ves a ti mismo?» (Juan 1:22)

Los fariseos y escribas, doctores de la ley, representantes dignatarios prestigiosos de la estructura de la iglesia organizada de aquel tiempo, preocupados y ocupados en conocer a Juan el Bautista. ¿Era un místico loco? ¿Era un profeta? ¿Y lo que más les interesaba a ellos: ¿Significaría un peligro para sus intereses? Entonces hacen lo que todavía suele hacerse en muchas congregaciones: le envían espías. A mi salón de escuela bíblica, en mi última congregación, cada domingo llegaba gente “nueva”, que en realidad eran enviados de la estructura para comprobar qué era lo que yo enseñaba y si decía algo que me hiciera pasible a una disciplina, juicio o expulsión. El mismo espíritu de control. La misma rutina. Y faltó quizás la misma pregunta: Oye… ¿Cómo te ves a ti mismo? Mi respuesta hubiera sido: como un hijo del Señor ocupado en sus cosas, nada más…

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[04]

«Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, apartado para anunciar el evangelio de Dios, que por medio de sus profetas ya había prometido en las sagradas escrituras.» (Romanos 1:1-2)

¿Quién dijo que cuando Pablo predicaba o enseñaba, no recurría a la Biblia? Claro, la “Biblia” que él tenía se limitaba a lo que nosotros hoy denominamos como Antiguo Testamento. Esa era la única escritura que Pablo conocía. La que nosotros tenemos hoy como base esencial del mismo Evangelio de Dios, se estaba escribiendo en ese mismo tiempo. Pablo mismo estaba contribuyendo a esa nueva escritura. ¿Y cuál era la tarea que decía tener? Anunciar el Evangelio. Esa es la misma tarea que todos nosotros tenemos hoy. ¡Pero hermano, yo no sé predicar! ¿Y quién te habla de pararte en el púlpito de una iglesia y dar un discurso de una hora y media? Yo te estoy diciendo que tu trabajo es anunciar el Evangelio de Dios. Y, aunque muchos se empeñen en decir que es la misma cosa, yo te digo que no; que una cosa es cumplir con el mandato de Dios de anunciar su Evangelio y, otra muy distinta, preparar discursos humanos, científicos, filosóficos o teológicos para entretener al público.

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[05]

«Vengo pronto. Aférrate a lo que tienes, para que nadie te quite la corona.» (Apocalipsis 3:11)

Quiero que tengas muy presente que éste forma parte de la serie de mensajes que Cristo le brinda a las siete iglesias. Siete es el número de lo completo y significa “todos”. O, en este caso específico, “todas” las iglesias. ¿Qué le dice en primer lugar? Vengo pronto. ¿Y qué es “pronto”? No lo sé, pregúntale a Dios. Para Él, un día es como mil años y mil años como un día, así que vaya uno a saber qué quiere decir con “vengo pronto”. En todo caso, lo seguro es que vendrá. Luego dice que te aferres a lo que tienes. ¿Dinero? ¿Poder? ¿Fama? ¿Prestigio? No. Ninguna de estas cosas son factores que te accedan a la corona de justicia del día final. ¿Entonces, qué? Tu fe, tus convicciones, tu estilo de vida. A eso es a lo que debes aferrarte.

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[06]

«Oh Señor, soberano nuestro, ¡Que imponente es tu nombre en toda la tierra!» (Salmo 8:9)

No hay nadie que pueda discutir la importancia de Dios. No existe hombre alguno que sea capaz de poner en tela de juicio la soberanía de Dios. No hay tampoco figura humana que pueda dudar del poder y la autonomía del Dios Todopoderoso. Eso está más que claro y nadie lo censura. Lo que para muchos cristianos aún no está demasiado claro, es la validez, importancia, contundencia y poder que evidencia el nombre de Dios. Y si no lo terminas de entender, fíjate cómo oras, cómo cierras tu oración: “en el nombre de Jesús…” O, en otro contexto más espiritualmente violento, los resortes de la guerra espiritual. ¿Batallas contra demonios? ¿Los expulsas de donde están? ¿Cómo lo haces? “En el nombre de Jesús…” Puedes unirte conmigo al salmista y decir: Dios…¡Qué imponente es tu nombre en toda la tierra!

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[07]

«Yo soy la voz del que grita en el desierto: “Enderecen el camino del Señor” respondió Juan, con las palabras del profeta Isaías.» (Juan 1:23)

¿Alguna vez has reflexionado sobre lo que significa gritar en un desierto? Linealmente, literalmente, es algo así como gritar inútilmente, pues en un desierto, las posibilidades de que alguien te oiga, son casi nulas. Eso es lo que se ha enseñado al respecto, y está bien. Hay (o habemos) muchos que sabemos perfectamente que estamos gritando en un desierto que, por rara paradoja, está lleno de personas que no tienen oídos espirituales para oír y mucho menos para entender. Es el precio de operar con el espíritu de Juan el Bautista. Sin embargo, hay otra visión más: gritar en el desierto, también es gritar en el lugar de la prueba, en el tiempo de la aflicción, en la etapa de la gran guerra personal. ¿Estarás oyendo tú esos gritos?

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[08]

«Este evangelio habla de su Hijo, que según la naturaleza humana era descendiente de David, pero que según el Espíritu de santidad fue designado con poder Hijo de Dios por la resurrección. Él es Jesucristo nuestro Señor.» (Romanos 1:3-4)

¡Qué notable como, Pablo, tiene la precaución que a tantos nos falta en este tiempo, de separar convenientemente lo natural de lo espiritual! Él tiene muy en claro que, predicar un mensaje sobre Jesús, hijo del carpintero José y de María, muerto en la cruz del Gólgota por los romanos, era una cosa. Una cosa que estaba sujeta a las incredulidades mayoritarias y lógicas. Pero que otra cosa muy distinta era hablar del Hijo de Dios por la resurrección. Porque eso sí que movería la acción del Espíritu Santo y, sería éste quien le traería a todos sus oyentes la convicción de pecado suficiente como para aceptar pecado, arrepentirse de ello pedir perdón, ser perdonado y por consecuencia lavado, limpiado y redimido y acceder a salvación. ¿Estará de más decirte que, en este pleno siglo veintiuno, una gran parte de lo que llamamos iglesia, todavía no pudo, no supo, o no quiso establecer esa misma separación de lo espiritual de lo natural?

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[09]

«Porque el Señor, el Señor Todopoderoso, ejecutará la destrucción decretada en medio de todo el país.» (Isaías 10:23)

No le es suficiente al profeta referirse al Señor como a alguien superior, tremenda e infinitamente superior. Por eso vuelve atrás luego de decir “Señor” y añade: “Señor Todopoderoso”, como para que a nadie le queden dudas al respecto. ¿Y qué dudas podrían quedar? Dudas sobre lo que continúa. Porque él profetiza que ese Señor Todopoderoso, va a ejecutar la destrucción anunciada en medio de todo el país. ¿Qué país? Israel. ¿Y qué significa en “medio”? Significa que es en su seno, en su interior, en una parte que no se sabe si es grande o mediana de él. ¿Y por qué cobra valor, hoy, esta palabra? Porque Israel, hoy, es tipología de la Iglesia. Y porque ese mismo Dios Todopoderoso también va a ejecutar la destrucción anunciada en medio de todo este país que es la que dice ser su iglesia. ¿Lo entiendes, ahora?

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[10]

«Al que salga vencedor lo haré columna del templo de mi Dios, y ya no saldrá jamás de allí. Sobre él grabaré el nombre de mi Dios y el nombre de la nueva Jerusalén, ciudad de mi Dios, la que baja del cielo de parte de mi Dios; y también grabaré sobre él mi nombre nuevo.» (Apocalipsis 3:12)

¿Alguien se habrá perdido aunque más no sea diez minutos tratando de indagar, de escudriñar, qué cosa significa ser columna del templo de Dios? Es más que obvio que aquí no se está hablando de una construcción edilicia de mampostería. Dios siempre dijo que Él no habitaba en casa hecha por mano de hombre. ¿Entonces? ¿De qué templo se está hablando? Del único templo que Dios, hoy, todavía tiene sobre esta tierra: Jesucristo el Hijo. ¿Y cómo se entiende? De la única manera que se puede entender. Que si vences en contra de todas las adversidades que la lucha por el evangelio te propone, Dios Padre te hará columna del cuerpo de Cristo en la tierra. . ¡Ah! ¿Seré ordenado ministro? No serás ordenado nada. Sólo serás columna. ¿Y no es lo mismo? No. Debería serlo, quizás, pero todos sabemos que no siempre lo es.

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[11]

«Quiero alabarte, Señor, con todo el corazón, y contar todas tus maravillas.» (Salmo 9:1)

Escucha, atiende y entiende. El salmista dice “quiero alabarte”. Eso significa que en su corazón, lleno de amor por Dios, hay un deseo irrefrenable de alabarle. ¿Es algo singular, eso o, por el contrario, tendría que ser el sentir natural de todo creyente? Obvio que es esto último, ¿Verdad? Sin embargo, todavía la iglesia necesita de directores de alabanza que “incentiven” al público a alabar; personas que desde las plataformas, utilicen decenas de estrategias coreográficas dignas de porristas deportivos tendientes a despertar en la gente el ánimo de alabanza. ¿Lo has visto? Pero de nada sirve decirlo o criticarlo, si no vamos al meollo de la cuestión. ¿Y cuál es este? Que si no queremos alabarle, tampoco querremos contar todas sus maravillas. Y, de este modo, no estaremos cumpliendo con el mandato de ir y predicar este evangelio hasta el último confín de la tierra.

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[12]

«Algunos que habían sido enviados por los fariseos lo interrogaron: Pues si no eres el Cristo, ni Elías ni el profeta, ¿Por qué bautizas?» (Juan 1:24-25)

El bautismo en aguas que proporcionaba Juan el Bautista, era un acto ritual ejercido como símbolo de arrepentimiento. Nadie podía enseñar que ese simple paso por las aguas le otorgaba la salvación a alguien. Jesús mismo obedeció a la tradición y a lo escrito en el Antiguo Testamento al decir que lo hacía “para que se cumpliese la palabra”. Eso es más que claro y no debe existir cristiano sobre la tierra que no lo haya entendido correctamente. Entonces, pregunto: ¿Por qué tantas y tantas congregaciones se conducen, en este tema del bautismo, de un modo que da a entender que si alguien no se bautiza corre riesgos de perder su salvación. O la otra: que si alguien no es examinado y evaluado convenientemente, no puede bautizarse, cuando es más que notorio que Juan no hacía eso ni por asomo? ¿Simple Religiosidad?

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[13]

«Por medio de él, y en honor a su nombre, recibimos el don apostólico para persuadir a todas las naciones que obedezcan a la fe.» (Romanos 1:5)

Pablo está hablando de Jesucristo. Y dice que por medio de Él es que todos nosotros hemos recibido el don apostólico. ¿Cómo? ¿Quién dijo eso? ¡Si hay denominaciones enteras que aseguran que los apóstoles ya no existen! No le hace. ¡Si hay denominaciones enteras que aseguran que para ser apóstoles se debe estudiar y capacitar en sus seminarios! No le hace. ¡Si hay organizaciones cristianas muy prestigiosas que aseguran que sólo pueden ser apóstoles aquellos que son ordenados conforme a sus modalidades! No le hace. ¡¡Cómo que no le hace!! ¡¡Esto es lo que se nos dice y se nos enseña en las iglesias!! No le hace. Porque al lado de la Palabra de Dios declarada, cualquier cosa que dispongan y decidan los hombres, es hojarasca. ¿Entiendes ahora por qué digo que “no le hace”?

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[14]

«Por eso, así dice el Señor, el Señor Todopoderoso: Pueblo mío, que vives en Sión, no tengas temor de Asiria. Aunque te golpee con el bastón y contra ti levante una vara, como lo hizo Egipto.» (Isaías 10:24)

Otra vez, Isaías repite el concepto de grandeza relacionada con Dios en este verso. Y luego muestra cómo Dios mismo reafirma su palabra en respaldo a lo que ya ha preanunciado. La iglesia, que es su pueblo viviendo en Sión, no debe tener temor de los asirios modernos, que son aquellos enviados a herir y atacarle. Y mucho menos de Egipto, que tú ya sabes que representa al mundo pagano. Los temores del pueblo de Dios, mayoritariamente, siempre serán infundados. Y no tendrá derecho alguno a experimentarlo, porque eso sería como faltarle el respeto a ese Señor Todopoderoso que es quien rige todas nuestras vidas y que jamás permitiría que nos ocurra nada que esté fuera de su voluntad. Todo eso si somos obedientes a su voluntad, obvio…

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[15]

«El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.» (Apocalipsis 3:13)

¿El que tenga oídos? ¡Vamos, hermano! ¡Todos tenemos oídos! Acepto que pueda haber un porcentaje mínimo de hipoacúsicos, pero la mayoría oímos bien. ¿Para qué escribiría esto el Señor? Para que lo entiendas como lo que es: algo espiritual y no físico. Porque las cosas de Dios, y estoy hablando de las auténticas, de las genuinas, de las que llegan cargadas de la unción del Espíritu Santo, no de teología sistemática o materias seminaristas religiosas, sólo pueden ser oídas por oídos espirituales abiertos. De otro modo, hay una sordera que es mucho peor que la física. Porque fíjate que hoy mismo, en este tiempo, el Espíritu santo sigue diciéndoles cosas a las iglesias, pero en la mayor parte de ellas hay un estado de sordera espiritual que alarma y que espanta. Entonces, pese a todo el tiempo transcurrido, el mensaje sigue siendo el mismo. El que tiene oídos para oír, que oiga. Y el que no lo tiene…si busca, hallará, pero si no busca…

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[16]

«Quiero alegrarme y regocijarme en ti, y cantar salmos a tu nombre, oh Altísimo.» (Salmo 9:2)

¿Era necesario que el salmista dijera que quiere regocijarse y alegrarse “en Él”? Sí. Era necesario. Porque los tiempos nos están demostrando que si bien en nuestros templos, mayoritariamente, reina el bullicio y la alegría, esas dos cosas no siempre lo tienen como epicentro a Él. En muchos casos, la gente se alegra por habilidad de un director de alabanza. En otros, por la excelencia o exquisitez musical que presenta alguna de las miles de tremendas bandas que tienen a su cargo estos ministerios. Y en otros tantos, porque alguien ha sabido crear un clima que desemboca en un regocijo y una alegría que no necesariamente tienen al Señor como centro de la escena. Es necesario que lo veas con atención, ya que la sutileza de la diferencia, en muchos casos, impide que procesemos el resto con eficiencia.

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[17]

«Yo bautizo con agua, pero entre ustedes hay alguien a quien no conocen, y que viene después de mí, al cual yo no soy digno ni siquiera de desatarle la correa de las sandalias. Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del río Jordán, donde Juan estaba bautizando.» (Juan 1:26-28)

Fíjate quÉ notable lo que Juan el Bautista les dice a los enviados de los fariseos a preguntarle quién era y qué estaba haciendo. Les dice que “entre ellos” hay alguien que ellos no conocen. ¿Lo habrán entendido estos hombres? De hecho que no. Estaban espiritualmente ciegos, y Juan lo sabía perfectamente. Ellos interpretaron que ese a quien no conocían, podía ser alguien que se postulara a ocupar los cargos y posiciones eclesiásticas que ellos ocupaban. Por eso les entró un miedo atroz a perder sus privilegios y terminaron asesinando a un hombre que jamás podía comprometerlos en lo terrenal. ¿Sabes qué? El espíritu que se mueve, hoy, en oposición para lo genuino que viene realmente de Dios, es el mismo. Los enviados llegan para cumplir un trabajo para el reino, y los religiosos los combaten porque temen que los echen de sus cargos y posiciones. ¿Simple ignorancia o ceguera espiritual?

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[18]

«Entre ellas están incluidos también ustedes, a quienes Jesucristo ha llamado.» (Romanos 1:6)

Dice “ellas”, porque viene hablando de las naciones. Y dice que todas, por obediencia a la fe, han recibido el don apostólico. ¿Y que querrá decir esto? Que aún en contra de lo que puedan decir los hombres, y muchos de ellos de indudable prestigio, altos cargos eclesiásticos nacionales o internacionales y otros con indiscutibles ministerios, todos los que hemos creído en Cristo Jesús como Salvador y Señor de nuestras vidas, hemos recibido el don apostólico. No necesitamos estudios que nos capaciten, no necesitamos ordenamientos especiales, no necesitamos aprobación de juntas ni consejos. Somos apóstoles porque somos llamados. Con un solo detalle: estoy hablando de los que CREEN en Jesucristo, no necesariamente de todos los que van a sentarse a un banco de un templo un día domingo. Porque en casos, son los mismos, pero en otros casos, todos sabemos que no.

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[19]

«Dentro de muy poco tiempo mi indignación contra ti llegará a su fin, y mi ira destruirá a tus enemigos.» (Isaías 10:25)

Esta es una promesa que, por años, ha servido de bálsamo de serenidad y tranquilidad para la gente que concurre a las iglesias cristianas. Pero han omitido un pequeño y no tan pequeño detalle. Esta promesa, que como todas las de Dios son válidas, vigentes y tendrán total cumplimiento, no ha sido hecha pensando en unas personas que una vez por semana van a sentarse en bancos de un templo a oír un poco de música, cantar algo, escuchar un mensaje e irse a su casa a vivir de un modo que no tiene nada que ver con cristianismo. Esta promesa es exclusivamente para la iglesia. Y la iglesia, –Entiéndelo– es aquella asamblea de personas que, por estilo de vida, fe y convicciones, vive conforme al propósito y la voluntad de Dios. Y Dios destruirá a los enemigos de esa gente, no de supuestos cristianos nominales.

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[20]

«Escribe al ángel de la iglesia de Laodicea: esto dice el Amén, el testigo fiel y veraz, el soberano de la creación de Dios; conozco tus obras; sé que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras lo uno o lo otro!» (Apocalipsis 3:14-15)

Estoy seguro que en tu andar por dentro de la iglesia del Señor, habrás conocido a gente que no es ni lo uno ni lo otro. Gente que aprueba todo lo que hacen los demás sin tomarse demasiado trabajo de analizarlo. Gente que siempre parece estar diciendo que sí, que todo está bien, que no necesita nada más que lo que tiene. Pero, al mismo tiempo, gente que jamás se involucra en ninguna batalla, en ninguna guerra, en ningún esfuerzo. Gente que no es ni fría (incrédula, impía, pecadora, mala) ni caliente (de mucha fe, dinámica, con certeza, convicciones, empuje). Gente que ha elegido lo que cree que es un perfil bajo, pero que en realidad es un ausentarse sin aviso de los lugares en los que Dios siempre ha deseado que esté y milite.

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[21]

«Mis enemigos retroceden; tropiezan y perecen ante ti.» (Salmo 9:3)

Un enemigo que retrocede, según las normas estáticas de los combates convencionales, no siempre es un enemigo vencido. En muchos casos, todos sabemos que retroceder puede ser una estrategia que nos permita reacomodarnos, reagrupar fuerzas y volver al ataque con mayor ímpetu. Por tanto, bajo esta óptica, no parecería demasiado triunfal esta expresión del salmista. Sin embargo, acto seguido dice que esos enemigos “tropiezan”. Y esto sí es un indicador de combate perdido o a punto de perderse. Porque –Tal como lo dice la letra de un viejo tango argentino–, “un tropezón cualquiera da en la vida, y el corazón aprende así a vivir”, pero más de un tropezón, implica torpeza, estupor, obnubilación y camino a la derrota, cosa que luego es confirmada cuando se agrega que ellos perecen delante del Dios de victoria.

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[22]

«Al día siguiente Juan vio a Jesús que se acercaba a él, y dijo: ¡Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!» (Juan 1:29)

Es muy fácil predicar hermosos y altamente románticos mensajes a partir de esta expresión tan conocida y clásica de Juan el Bautista, ¿No es así? La gente los escucha, entrecierra sus ojos y le parece estar allí, a orillas del río Jordán, oyendo esa voz y cayendo de rodillas ante la figura de ese hombre, de ese Cordero de Dios que ha llegado precisamente a lo que nadie hubiera podido hacer en su lugar: quitar el pecado del mundo. Que implica quitar el pecado de todo el mundo y también el pecado clásico y original que el mundo, con su naturaleza pecaminosa y carnal, produce. Pero claro: una cosa es un mensaje romántico y soñador y otra, muy distinta, haber estado allí y haberse atrevido a creer lo que ese harapiento bautizador decía. ¿Lo hubieras creído o hubieras pedido la cabeza del loco?

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[23]

«Les escribo a todos ustedes, los amados de Dios que están en Roma, que han sido llamados a ser santos. Que Dios nuestro Padre y el Señor Jesucristo les concedan gracia y paz.» (Romanos 1:7)

Esto que Pablo dice en el inicio, es para que no te vanaglories cuando entiendas que estás viviendo una vida medianamente en santidad. ¡No es ningún mérito! La santidad, para Dios, no significa una meta de llegada, sino sencillamente un punto de partida. Recién cuando tú eres santo es que Dios puede comenzar a hacer algo valioso contigo. Porque santidad, te recuerdo, no es sinónimo de abstinencia sexual, tal como parecería habérsenos enseñado. Santidad es consagración plena de toda nuestra vida, en cada detalle, en cada segundo, en cada acto, en cada palabra, en cada pensamiento, no solamente al servicio para el Reino de Dios, sino para nuestra intimidad y comunión con Él. Es imposible oír, ser oído y agradar a Dios sin santidad. Y mucho menos, tal como lo dice claramente la Palabra, verlo.

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[24]

«Con un látigo los azotará el Señor Todopoderoso, como cuando abatió a Madián en la roca de Oreb; levantará sobre el mar su vara, como lo hizo en Egipto.» (Isaías 10:26)

Examina lo siguiente: ¿Por qué se nos dice que todo esto Dios lo hará con un látigo? ¿Por qué no dice que será con un garrote, con su tremenda mano, con un puño u otro elemento? No, dice con un látigo. Veamos: ¿Para que se usaban los látigos? Para azotar a los animales. ¿Entonces, esto significa que Dios, al decir que azotará a su pueblo desobediente con un látigo, los está comparando con la irracionalidad de los animales? No, aunque no dejaría de tener cierta lógica entender eso. Lo que Dios está diciendo, es que el hombre que dice ser su pueblo y no lo es, es “animal”, que no tiene que ver con bichos raros, sino con “ánima”, que es alma y que es la forma de conducirse opuesta a la que Dios nos demanda. Él nos dice que debemos andar en el espíritu, no en el alma.

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[25]

«Por tanto, como no eres frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca.» (Apocalipsis 3:16)

En primer lugar, el ejemplo es más que gráfico y válido. Independientemente de si tienes un problema de estómago o hígado que te produzca náuseas o vómitos, ¿Algo caliente te puede producir esa sensación? No. ¿Y algo frío? Tampoco. Fíjate que la única temperatura que no te resulta agradable y puede producirte suficiente náusea como para que llegues a vomitar, es la tibia. Es horrible ingerir algo tibio. Dios experimenta lo mismo en el ámbito espiritual. Dios puede entender y hasta justificar errores de fríos o calientes, pero no entiende ni soporta la tibieza. Cuando sucede eso, Él siente deseos de expulsarte mediante la palabra. Porque fíjate que su vómito no proviene de su estómago, (algo que ya ingirió), sino de su boca, (algo que todavía está masticando). Es todo un ejemplo y conviene tenerlo muy en cuenta.

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[26]

«Porque tú me has hecho justicia, me has vindicado; tú, juez justo, ocupas tu trono.» (Salmo 9:4)

El diccionario de la lengua española dice que Vindicar, significa: defender, especialmente por escrito, a quien se halla injuriado, calumniado o injustamente notado.- Dicho de una persona: recuperar lo que le pertenece. Fuera de las acepciones que tienen que ver con esta etapa de la vida, lo que el salmista está consignando es que Dios lo ha defendido y respaldado en contra de todas las calumnias e injurias con que pudo haber sido atacado por sus oponentes. Que Dios le ha permitido recuperar lo que por derecho legítimo le pertenecía. Eso es vindicar a alguien. Ahora te pregunto: ¿No te ha vindicado nuestro Señor a ti también? ¿No te encuentras en la misma situación del salmista? Será conveniente que lo reflexiones, lo reconozcas, lo aceptes y lo agradezcas ya mismo.

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[27]

«De este hablaba yo cuando dije: Después de mí viene un hombre que es superior a mí, porque existía antes que yo.» (Juan 1:30)

Esto que has leído, literalmente, es lo que Juan el Bautista les declaró a sus inquisidores con relación a lo que él mismo estaba haciendo y a lo que venía Jesús, detrás de su ministerio. De hecho que nadie le entendió. Ni siquiera los que él mismo bautizaba entendieron eso. Miraban a ese hombre valiente, que se atrevía a gritarle que eran unos pecadores a los gobernantes de turno y se sentían identificados con esa valentía. Pero en el ámbito espiritual, no sabían quién era Juan. Y mucho menos de quién estaba hablando. Porque una cosa es conocer a Cristo y otra muy distinta tener, apenas, algo de información con respecto a Él. La pregunta, hoy, entonces, es: Tú, mi amado hermano o hermana: ¿Conoces al Señor o sólo tienes algo de información sobre Él? En tu respuesta, está tu vida. Abundante y actual, fructífera y eterna.

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[28]

«En primer lugar, por medio de Jesucristo doy gracias a mi Dios por todos ustedes, pues en el mundo entero se habla bien de su fe.» (Romanos 1:8)

Oye: Pablo no era un hombre de andar escribiendo cosillas para quedar bien con alguien, eh? Tampoco necesitaba rellenar espacios en sus epístolas porque nadie le había dicho que con el correr de los tiempos formarían parte de una Biblia y serían leídas por millones de personas en todo el planeta. Por tanto, TODO lo que Pablo escribía había que sopesarlo, evaluarlo e incorporarlo al contexto, porque siempre tenía algo que ver con la idea central. Y él, aquí, da gracias por los cristianos de Roma porque, asegura, todo el mundo habla bien de la fe de ellos. Y si dice que es “todo el mundo”, hay que entender exacta y precisamente eso: todo el mundo. Pregunto: ¿Todo el mundo, hoy, habla bien de nuestra fe? ¿No? ¿Podrías averiguar el motivo, por favor? Eso sí; cuando lo averigües, no te sientas conflictivo, ni hereje, ni blasfemo ni insujeto. Siéntete lo que eres: un hijo de Dios que le ama y quiere servirle bien.

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[29]

«En aquel día esa carga se te quitará de los hombros, y a causa de la gordura se romperá el yugo que llevas en el cuello.» (Isaías 10:27)

¡Calma! Nadie está hablando de obesidad. Lo que viene diciendo Isaías es que Dios ejecutará destrucción sobre la parte de su pueblo que encuentre en desobediencia. Lo que no significa, necesariamente, que caiga un rayo del cielo y los achicharre. Es suficiente con que Él no les proporcione su presencia en los lugares en los cuales ellos se reúnen a invocarla. Y aunque sigan declamando que Él está allí, Él ya no estará allí. Y eso será equivalente a su destrucción. Porque nadie puede adorar a Dios si Dios no está allí para ser adorado. Terminará, inexorablemente, adorando a los demonios que aprovechando la confusión, ocupan lugares que no les pertenecen. A los genuinos, aquí les asegura que aquella vieja carga de religiosidad vacía, les será quitada para siempre, y que el yugo de la incredulidad, será roto por la gordura de la alimentación con palabra nutritiva.

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[30]

«Dices: Soy rico; me he enriquecido y no me hace falta nada; pero no te das cuenta de que el infeliz y miserable, el pobre, ciego y desnudo eres tú.» (Apocalipsis 3:17)

Esta palabra es una de las más tremendas y contundentes que encontramos en la escritura. Porque si bien alcanza a los incrédulos que viven un mundo sin Dios y aferrados a sus propias sabidurías humanas y bienes materiales terrenales, no está escrita pensando en ellos, sino en los que dicen ser iglesia y no lo son. Así es mi hermano. Hay mucho cristiano que anda por la vida ufanándose y pavoneándose de cosas por las cuales no ha hecho mérito alguno, y que si las tiene, es porque a Dios le ha placido dárselas momentáneamente. Si miras las plataformas, las luces, el bullicio y la algarabía festiva, podrás detectar a importantes personajes del mundillo evangélico. La mayor parte de ellos se creen ricos, importantes y valiosos. Sólo Dios los ve como realmente son: pobres, ciegos y desnudos…

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[31]

«Reprendiste a los paganos, destruiste a los malvados, ¡Para siempre borraste su memoria!» (Salmo 9:5)

¿Podrá el hombre, tal vez, borrar de su memoria o de la memoria colectiva, una determinada cosa que le interesa borrar? No. El hombre no puede hacer eso. Al hombre no le es permitido hacer algo así. Por eso Dios es Dios, porque Él sí puede hacerlo. Y de hecho, cuando la situación imperante así lo justifica y determina, lo hace. Y, además, dice aquí que Él en persona se encarga de reprender a los paganos. ¿Qué crees tú que significa eso de “reprender”? ¿Tal vez llamar la atención, exhortar o amonestar? ¡No! Va mucho más allá de eso. Tiene que ver directamente con guerra, con guerra espiritual. ¿Dios hace guerra espiritual? ¿Y tú qué crees? ¿Qué supones que hace Dios cuando la Biblia te dice que Él pelea tu batalla?

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