Desarrollo Cristiano

Devocional de Hoy

DICIEMBRE 25, 2004
Un evento sin igual, Parte V
La aventura de caminar con el Señor requiere el compromiso pagar el precio de una identificación radical con Jesús.

Reflexiones sobre el nacimiento del Cristo

Después de nacer Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, he aquí, unos magos del oriente llegaron a Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el oriente y hemos venido para adorarle.» (LBLA) Mt 2.1-2 (contexto 2.1-12)

 

El círculo de los que participan del nacimiento de Cristo continúa ampliándose. En este caso se incorporan unos magos del oriente, que vienen por un camino enteramente diferente al de los pastores. Ellos, percibiendo en los cielos la presencia de una estrella extraña, entienden que este acontecimiento tiene significado eterno y emprenden un largo viaje para encontrarse con el evento que anuncia. El proceso por el que llegan a Jesús es uno que requiere de cierta agudeza espiritual, pues seguramente muchos veían la estrella más no percibían el significado de su aparición en los cielos.

De este suceso podemos resaltar dos observaciones importantes. En primer lugar Dios, en su absoluta soberanía, puede escoger cualquier elemento a su disposición para traer revelación a la vida de los seres humanos. Le hacemos una grave injusticia al Señor cuando queremos limitar su manifestación a un solo medio. El hecho es que él desea, por todos los medios, atraer a si mismo a los hombres. En su búsqueda incansable de comunión con sus criaturas no dejará método sin probar. Este principio, no obstante, nos obliga a también resaltar una segunda observación, y es que tales manifestaciones de Dios requieren de agudeza espiritual de nuestra parte. En muchos casos, aunque Dios habla, no percibimos lo que él nos está queriendo decir porque no estamos atentos. Al igual que Balaam con su burro, arribamos a una interpretación completamente errada de los eventos en que nos encontramos y ¡acabamos a los golpes! Para cultivar un espíritu más sensible necesitamos que el Señor agudice nuestros sentidos y abra «los ojos de nuestro entendimiento» (Ef 1.18). Con solo reconocer nuestra falta de visión, habremos dado un paso importante hacia la percepción espiritual del mover de Dios.

Los magos, con esa inocencia que debe caracterizar a quienes andan en Cristo, indagaron del mismo Herodes acerca del nacimiento del niño. No sabían que estaban entre personas perversas que no tenían inclinaciones hacia lo espiritual. No obstante, el Señor utilizó aún este medio para traer a sus vidas la revelación que les estaba faltando para encontrar a Jesús. La información que habían compartido, sin embargo, sembró las semillas para un diabólico plan de persecución contra el Ungido de Jehová. En esto también el relato del nacimiento se mantiene fiel a los principios del reino. No es posible alinear la vida con los principios eternos de Dios sin despertar oposición entre aquellos que son de este presente siglo malo. Esta es una verdad tan cierta como la salida del sol cada día.

Quizás por esta razón la iglesia ha optado por separar la vida espiritual de la vida cotidiana, reservando los momentos de devoción al Señor para ciertos momentos de la semana. No estamos dispuestos a pagar el precio de una identificación radical con Jesús. No obstante, la aventura de caminar con él requiere este compromiso. El premio no es para los que hablan de la vida abundante, sino para aquellos que, como los magos del oriente, echan a andar siguiendo el «alocado» sueño de encontrarse con el Cristo.

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