Desarrollo Cristiano

Devocional de Hoy

DICIEMBRE 24, 2004
Un evento sin igual, Parte IV
En el nacimiento, Dios amplió este círculo de conocimiento e invitó a los pastores a participar de la revelación.
 

Reflexiones sobre el nacimiento del Cristo

Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño. Todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían. Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho.  Lc 2.16-20 (contexto 2.12-20)

¡Qué interesante la progresión que describe el relato del nacimiento de Jesús! Como ya hemos observado, nadie hubiera percibido el verdadero significado espiritual de este evento de no haber sido por el hecho que el Padre decidió revelarlo. Los primeros en saber que algo extraordinario estaba por suceder fueron los mismos padres, José y María. El ángel de Jehová les había visitado, por separado, para compartir con ellos que habían sido escogidos para ser padres del Enviado. En el nacimiento Dios amplió este círculo de conocimiento e invitó a los pastores a participar de la revelación. Más ahora los pastores, impulsados por el asombro, no pueden callar lo que han escuchado y se produce el resultado inevitable: Todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían.

La breve sucesión de eventos capta lo que es la esencia del evangelio. Este se basa en un acto soberano de Dios en el cual él, por la pura bondad de su corazón, se acerca a nosotros y nos invita a retomar la relación para la cual fuimos creados. La maravilla de este descubrimiento se apodera de nuestros corazones y no podemos callar lo que nos ha pasado. Buscamos con quien compartir «las buenas nuevas.» Nuestro círculo de amigos y parientes comienza a enterarse de que algo nos ha pasado y, lentamente, ellos también son tocados por el misterioso obrar de Dios. Así es el curso normal de la vida espiritual. Cuando el discípulo deja de hablar se introduce un elemento extraño a su experiencia espiritual y se torna egoísta, lo cual es contrario al propósito redentor del Señor.

María, mientras tanto, meditaba en su corazón sobre lo que estaba sucediendo. Es decir, ella procuraba percibir el significado de los diversos eventos del cual había sido testigo, buscando en ellos el principio general que le permitía alcanzar mayor comprensión del Señor. En este sentido, María llevó la experiencia un paso más allá de los pastores, pues existe una abundante cosecha espiritual para aquellos que están dispuestos a invertir tiempo en analizar las acciones del Padre. En este acto de meditar el Espíritu abre nuevas perspectivas y profundiza el trabajo que está haciendo en nuestras vidas.

Los pastores, por su parte, regresaron alabando y glorificando a Dios, porque lo que habían visto confirmaba la palabra oída. Y esta es, sin duda, la recompensa que espera a aquellos que escogen creer la palabra que reciben. Cuando actúan conforme a la verdad comprueban que Dios es, de verdad, fiel. El «descubrimiento» de su fidelidad los lleva, a la vez, a la adoración, pues en un mundo donde todo es poco confiable el descubrir que el Señor es verdaderamente una Roca es extraordinario. La vida espiritual es, de hecho, una continua invitación a la celebración, pues está repleta de sorprendentes experiencias similares a la de estos humildes pastores en Belén, hace dos mil años.

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