Desarrollo Cristiano

Devocional de Hoy

DICIEMBRE 22, 2004
Un evento sin igual, Parte II
El Padre no puede ser controlado ni manipulado por ningún medio humano, Él se ha revelado de pura gracia.
 

Reflexiones sobre el nacimiento del Cristo

Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Y se les presentó un ángel del Señor y la gloria del Señor los rodeó de resplandor, y tuvieron gran temor Lc 2. 9-10 (contexto 2.9-12)

El significado del nacimiento de Jesús podría haber pasado totalmente desapercibido para el mundo, e incluso para los propios padres del niño. El hecho es que nuestra naturaleza caída no nos proporciona de los elementos necesarios para percibir el verdadero peso espiritual de los eventos a nuestro alrededor, ni siquiera cuando nosotros somos protagonistas de ellos. Nuestro destino es transitar por este mundo en la más absoluta ceguera.

Hemos sido salvos, sin embargo, por la naturaleza del corazón de Dios, un corazón enteramente diferente al nuestro. Donde es común en el hombre el esconderse de sus semejantes y vivir aspectos de su vida en secreto, en el Padre existe el deseo de revelarse al ser humano. Así, en el nacimiento del Emanuel, Dios escogió abrir su corazón y revelar el significado de aquel notable suceso.

Esta revelación no solamente fue a los mismos padres, sino que el círculo fue abriéndose progresivamente, apareciendo un ángel a unos humildes pastores para decirles: «os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo.»

Observe que el anuncio gira entorno del gozo del Padre. De hecho, la evidencia de la Palabra pareciera indicar que esta es la misma razón por la que fue creado, en un primer momento, el hombre. Es decir, Dios deseaba compartir con su criaturas la superabundancia de su bondad y el perfecto gozo de la comunión que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu. Jesús resaltaría en más de una ocasión que esta era también el objetivo de su propio ministerio. Poco antes de partir le dijo a los doce: «estas cosas os he hablado para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea completo» (Jn 15.11). Para animarles a la oración, señaló: «hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo» (Jn 16.24). Y él mismo pidió al Padre: «ahora vuelvo a ti, y hablo esto en el mundo para que tengan mi gozo completo en sí mismos» (Jn 17.13).

Es interesante notar, también, que la revelación que recibieron los pastores no fue en respuesta a alguna petición que ellos hicieran. En la Palabra, la revelación del Padre rara vez ocurre como respuesta a una oración. En la mayoría de los casos el Señor se aparece a personas que no estaban ocupados en buscar su manifestación. Este hecho, entonces, pone de relieve el absoluto misterio de la persona de Dios. No lo podemos controlar ni manipular por ningún medio humano. Es soberano y su accionar depende enteramente de su buena voluntad. No obstante, permanece la promesa del Hijo: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él» (Jn 14.21). Aunque no controlamos el medio, también nosotros hemos recibido amplia entrada al gozo del Señor. ¡Esto sí que constituyen buenas nuevas!

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