Desarrollo Cristiano

Devocional de Hoy

DICIEMBRE 21, 2004
Un evento sin igual, Parte I
¡Qué maravilloso modelo para nuestros propias vidas y nuestros ministerios! Cuando caminamos con Cristo y aceptamos su invitación a servirle no necesitamos levantar grandes monumentos a nuestras personas o a nuestro grupo.
 

Reflexiones sobre el nacimiento del Cristo

Aconteció que estando ellos allí se le cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón. Lc 2.6-7

Los grandes acontecimientos en el mundo van acompañados por toda la pompa y fanfarria propia de las vanas aspiraciones a la grandeza que caracterizan al ser humano. Piense en las extraordinarias celebraciones que dieron inicio al nuevo milenio, los últimos juegos olímpicos o el nuevo mandato del presidente de la nación más poderosa de la tierra, Estados Unidos. No encontraremos en estos eventos ningún indicio de sencillez ni mesura. Al contrario, cuanto más grande el evento mayor el gasto, la campaña publicitaria y más elaborados los festejos.

¡Cuánta diferencia en comparación a la desapercibida llegada de quien sería el Mesías, el Salvador del mundo! En unas pocas palabras el evangelista describe el nacimiento de aquel niño, descripción que bien podría referirse a cualquier otro niño nacido en la época. Al no haber encontrado sus padres un lugar en cualquiera de los establecimientos de la ciudad, tuvieron que recluirse en el lugar donde guardaban los animales. De esta forma Jesús llegó al mundo, observado por unas pocas bestias y asistido por un ansioso padre que seguramente sentía la frustración de no poder proveer de mejor manera para su primer hijo.

Más así lo dispuso Dios. La llegada del Cristo sería según los principios del reino de los cielos, donde la humildad, la sencillez y la naturalidad son las marcas de toda obra divina. Al recorrer las páginas del evangelio observará que el ministerio de Jesús siempre se encaminó dentro de estos mismos lineamientos. Las enseñanzas que compartió fueron presentadas con admirable simpleza. Los milagros que realizó, casi a escondidas, fueron acompañados de instrucciones de no divulgar los hechos a nadie. Huyó de las multitudes y las aclamaciones populares, para invertir la mayor parte de su vida en doce dispares individuos, escogidos para ser sus sucesores. Aún su muerte y sepultura estuvieron signados por lo ordinario. En todo el Hijo del Hombre tenía como único objetivo dirigir la mirada de los hombres hacia el Padre, no deseando en ningún momento acaparar para si mismo la atención de los hombres.

¡Qué maravilloso modelo para nuestros propias vidas y nuestros ministerios! Cuando caminamos con Cristo y aceptamos su invitación a servirle no necesitamos levantar grandes monumentos a nuestras personas o a nuestro grupo. No necesitamos competir para ver quien tiene el ministerio más importante ni la congregación más numerosa. Él nos invita, más bien, a escoger el camino de la sencillez y el anonimato. Al igual que Juan el Bautista podemos abrazar el mismo principio para buscar que en nosotros se cumpla esa bendita transformación espiritual: nuestra progresiva pequeñez acompañada de su cada vez mayor estatura (Jn 3.30).

El Gran Pastor de Belén, cuyo origen terrenal fue tan ordinario, nos ayude a nosotros a recordar que «Jehová es excelso, y atiende al humilde, pero al altivo mira de lejos» (Salmos 138.6)

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